Corazón salvaje (1990)
No miento si digo que las cuatro horas que empleé en ver esta película dos veces —un día en mi salón y una semana después en la Filmoteca de Galicia— fueron de las mejores y más entretenidas de mi vida. No digo que Corazón salvaje sea una obra maestra —su director, David Lynch, ya tiene suficientes—, pero, desde luego, es excelente.
Solo Nicolas Cage podía interpretar a Sailor Ripley, criminal curtido y misterioso que, según él, empezó a fumar a los 4 años. Además de otros numerosos gags ridículos como ese, el protagonista repite un monólogo sobre su identidad personal cada vez que alguien pregunta sobre su característica chaqueta de piel de serpiente. La verdad es que, con un humor así de absurdo, no me pude resistir a los encantos de esta película.
Más allá de esto, el largometraje también cuenta con actuaciones estelares de Laura Dern, Isabella Rossellini, Harry Dean Stanton y, particularmente, Willem Dafoe. Podría hablar durante horas sobre la interpretación de este último de Bobby Perú. Con una falsa dentadura y una media de color carne en la cabeza, protagoniza una de las escenas más inquietantes que he presenciado.
Por encima de todo lo anterior, Corazón salvaje también cuenta con planos espectaculares, como los de la fiesta —donde Sailor repite su larga frase—, referencias a la música de Elvis Presley y una banda sonora digna de resaltar. Compuesta, como en la mayoría de películas de Lynch, por Angelo Badalamenti, sitúa esta en otro nivel. Cuenta, de forma más importante, con la canción Wicked Game, que muchos conocerán y que fue popularizada gracias a este largometraje.
En conclusión, como podrán haber comprobado, me resulta muy difícil ocultar mi fanatismo por esta película. Cada detalle me complace más que el anterior, aunque no supla la ausencia de un mensaje que mandar al público, en mi opinión. Es por eso que le doy 4 estrellas a Corazón salvaje, y no todo mi corazón.