Ya no somos niños
Ser un adolescente parece fácil: eres joven y la gente da por hecho que estás en el mejor momento de tu vida. Si bien es cierto que es una etapa preciosa, son pocos los que profundizan en los problemas intrínsecamente ligados a esta edad: amor, desamor, notas, la presión de no saber qué estudiar o qué te gusta hacer, el recordatorio de que en algún momento dejarás de ser un niño, el miedo a no dar la talla, etc.
Toda esta incertidumbre convierte esta etapa en un ejercicio de supervivencia emocional; mientras el mundo contempla solo la superficie de nuestras alegrías, a nosotros nos toca cargar con un peso que lentamente se encarga de recordarnos que no encajamos dentro de la niñez pero tampoco hemos vivido lo suficiente para alcanzar la madurez, y, sin embargo, debemos responder como quien ya lo sabe todo. A esto súmale las notas, que tienen el poder de abrir muchas puertas o de cerrarlas de un portazo.
La madurez se presenta como un requisito indispensable para asumir las responsabilidades, pero resulta casi inalcanzable en una época tan convulsa y repleta de decisiones que definirán tu futuro. Es frustrante la sensación de que en cualquier momento debes tomar una decisión, ya sea qué bachillerato escoger o qué tipo de carrera te atrae, cuando ni siquiera sabes si te gusta más matemáticas o historia.
Y en medio de todo el caos aparece el amor, una fuerza abrumadora que tiene el poder de convertir el caos en algo precioso, o ser el peso final para arruinar una balanza ya desequilibrada. En esta época aprendemos a convivir con el rechazo, no solo en el amor, sino que sufrimos las dudas de no cumplir las expectativas de los demás aunque no sea verdad, se nos hace imposible no compararnos con otros, aunque en realidad no tengamos nada que ver con la vida de otras personas.
Es necesario entender que esta época no se trata de ser perfecto ni de tener todas las respuestas, sino de aprender a base de nuestros tropiezos. Crecer es darse cuenta que aunque el peso de las notas, la presión y los sentimientos es sofocante, lo realmente importante es saber que ni la nota de un examen ni la opinión de otros describen quienes somos, sino de cómo hemos seguido adelante tras todos los tropiezos. Porque al fin y al cabo, la adolescencia es una de las épocas más bonitas no por la falta de problemas, sino por la intensidad de todas las emociones vividas en esta etapa.