Poesía sublime de Rafael

Personalmente, no me consideraba una admiradora demasiado profunda del artista Rafael. Sin embargo, la exposición del Museo Metropolitano de Nueva York sobre él me llamó la atención por varios motivos.

Tendemos, en muchas ocasiones, a construir un mito alrededor de los considerados genios: Miguel Ángel, Donatello, Da Vinci… Solemos pensar en ellos como alguien casi bendito, con un don majestuoso caído del cielo. Por supuesto, es innegable su facilidad innata, acompañada del resto de aspectos que se dieron para que pudieran llegar a donde llegaron. Sin embargo, esta exposición me gustó porque incluía los bocetos de Rafael desde su adolescencia, por lo que el espectador podía ver claramente su evolución y todo su esfuerzo por mejorar.

Además de eso, las salas contenían algunos cuadros de otros pintores de los que había aprendido diferentes técnicas o particularidades de la pintura. Por ejemplo, comenzó a trazar líneas axiales, que se ven con claridad en los esbozos, y a prestar más atención a la geometría después de que Perugino se lo enseñara. También dejó de usar el tamaño de los personajes para reflejar su importancia y empezó a pintar con una perspectiva natural gracias a Pinturicchio.

Lo que me interesó fue, precisamente, poder percibir de forma tan evidente el proceso artístico de un artista y cómo fue cambiando, incorporando cada vez más conocimientos e influencias. De todas formas, Rafael no producía copias de sus maestros, pues lo que hacía era adaptar los nuevos aspectos que aprendía a sus propias obras. Se nutría de artistas con visiones, en algunas ocasiones, muy diferentes, como la idea que Da Vinci tenía sobre cómo realizar bocetos previos en contraposición con la de Perugino. Rafael combinaba, a mi juicio, ambas; pienso que esto se evidencia en los borradores expuestos.

También se puede ver su evolución desde que aprendía por primera vez una nueva técnica hasta que llegaba a incorporarla plenamente, perfeccionándola cada vez más. Al principio, sí asemejaba en cierta medida sus composiciones a las de sus contemporáneos; pero, con el paso del tiempo, aprendió a hacerlas más originales. De todas formas, seguía resaltando cada una de las influencias vistas anteriormente, y eso me gustó en especial. Se nota cómo sus primeras obras se mantenían más tímidas y estáticas, y cómo logró alcanzar finalmente unas composiciones verdaderamente emotivas, vivas de verdad.

Otra parte interesante de la exposición fueron los libros de poesía y manuscritos que le había dejado su padre, junto con sus dibujos inspirados en ellos. En muchas de sus obras, estas son las fuentes de las que obtenía inspiración, y fue fascinante poder entenderlo de manera tan directa.

Además, expusieron alguna obra que él admiraba, como la Virgen de terracota, de Luca della Robbia, o las madonnas de Signorelli. Me llamó la atención cómo mostraban la gran influencia de todo ello en sus pinturas. Muchas veces, estas características pasan desapercibidas al contemplar un cuadro, pues no disponemos de tanta información sobre el pasado de los artistas, y eso es lo que diferencia la exposición Sublime Poetry de otras.

Finalmente, debo mencionar el detalle y el esfuerzo con que se había montado: cada obra contenía una breve explicación de su trasfondo, propósito o técnica. Esto también ayudaba a ver el perfeccionamiento de sus pinturas y el aprendizaje que iba adquiriendo. Yo valoro mucho que los museos se involucren tanto, pues no es habitual explicar cada una de las obras.

Por ello, ha sido increíble tener la oportunidad de ver esta exposición en el MET de Nueva York, ya que me ha permitido reforzar la idea de la conexión tan estrecha entre la obra de un artista y su vida. Una vez más, el autor es la combinación de los sucesos que lo rodearon.

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