El amor de la espera

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A lo largo de la historia, los significados que los humanos le hemos dado al amor han variado notoriamente. Esto no quiere decir que el amor en sí haya cambiado, pero sí nuestra percepción de él. En la actualidad, puede resultar complicado encontrarle un significado único; y de ninguna manera pretendo condensar en unas palabras la complejidad de este sentimiento. Sin embargo, considero que una muestra universal y atemporal de afecto es la espera.

En un mundo en el que el tiempo se disputa de manera constante entre gigantes tecnocráticos, en un mundo de instantaneidad y desconcentración, donde ser productivo en todo momento es una exigencia, la paciencia se vuelve un bien muy preciado. Mis amigas salen más tarde que yo de clase, más tarde de la hora a la que pasa el primer bus, que me dejaría en mi casa a una hora conveniente. No me faltan las tareas que entregar, pero aún así prefiero esperarlas. Esperar significa aguardar deliberadamente que algo suceda, una evidencia irrefutable del deseo de ver o estar con alguien. Aplazar las exigencias del mundo moderno para dedicarle el tiempo que haga falta a alguien. Volver a repetir algo hasta que sea suficiente. Significa preocupación por una persona, interés. No se aplica únicamente al amor romántico, pienso también en los padres o en los abuelos que se quedan esperando a la salida del colegio, en el esfuerzo de la paciencia para explicar lo que no entienden a sus hijos, en los amigos que te acompañan a algún sitio y se quedan esperándote. En definitiva, esperar como la voluntad consciente de amar a alguien.

 

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