Viaje al centro del mundo

“Dicen que Roma es el centro del mundo y que la Plaza de España es el centro de Roma,. En ese sentido mi mujer y yo vivimos en el centro del centro del mundo.” -Giorgio de Chirico

 

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Pasear por las calles de Roma es equiparable a visitar un museo. Además, la situación del hotel nos permitió ahorrar mucho tiempo en transporte, que ocupamos en visitar los innumerables monumentos y atracciones. El Vaticano parece pertenecer a los escenarios de sus magníficos frescos. Según nos explicó la guía, la mitad de los que se encuentran en el techo, los pintó a mano alzada Michelangelo. De todos los frescos, el que más me llamó la atención fue El Juicio Final. Su composición es extraordinaria. Cuando Michelangelo lo terminó de pintar, el papa Paulo III, quien se lo había encargado, no le permitió firmarlo. Por tanto, el artista se autorretrató en la piel de San Bartolomé, pero retrató también al papa para que le permitiera no modificarlo. Sin embargo, yo desconocía que el Vaticano alberga también obras de Matisse y de Francis Bacon. 

Por fuera, el Vaticano es igual de maravilloso. Me gustó especialmente la monumental Columnata —de Bernini, una verdadera obra maestra que simboliza el abrazo por parte de la Iglesia a los fieles. Nos divirtió el efecto óptico de alineación de las columnas.

Resulta imposible no mencionar la Basílica de San Pedro. Su grandiosa cúpula la diseñó Michelangelo, más por orgullo que por encargo. La excepcional cúpula de Santa María del Fiore en Florencia (que se veía desde nuestra habitación) se la encargaron a Brunelleschi en lugar de a Michelangelo, profundo amante de su ciudad natal. Por esa razón, decidió diseñar una mejor que la de Brunelleschi. Cuando entramos, me llamó la atención inevitablemente el impresionante Baldaquino de San Pedro. Fue la primera vez desde la antigüedad que se usaban unas columnas como estas. A pesar de su gigantesco tamaño, parecen ondear como si hiciera viento. El Baldaquino representa un resumen muy completo del barroco. 

Otro sitio a destacar es la extraordinariamente reluciente Basílica de Santa María Maggiore. El techo tiene tanto oro como carácter tenía Michelangelo. Algunos papas eligieron ser enterrados allí, como el anterior papa Francisco. En su lecho, únicamente estaba escrito su nombre a diferencia de los demás, como en numerosas ocasiones denunció la guía. Aunque el oro deslumbraba, me fascinaron los mosaicos paleocristianos que narraban escenas del Antiguo Testamento. 

Sin embargo, Florencia aloja todavía más arte. La Gallerie degli Uffizi me fascinó. Por fuera, cuenta con estatuas de grandes personalidades florentinas. Por dentro, harían falta días para ver detenidamente todas las obras que allí se encuentran. Venía Jose, no necesitábamos guía; aunque mis amigas también me aguantaron a mí. Las obras que más me llamaron la atención, quizá, hayan sido las de Caravaggio. Los fabulosos cuadros de Botticelli tampoco pasan desapercibidos. Sin embargo, no incluyeron solamente genios italianos; tienen obras espectaculares de Velázquez, El Greco, Goya y Zurbarán. 

Al lado de esa galería, se puede ver una reproducción del David, que nada tiene que ver con el original, al menos para mi gusto. Cuando entramos a la Gallerie dell’Accademia, los ojos se van directamente a esta obra. En el caso de mis amigas, por más de treinta minutos. Nos fijamos también en las esculturas sin terminar de Michelangelo justo en frente. A pesar de estar inacabadas, se distinguía perfectamente quién las había esculpido.

Pasamos muchas veces por la fabulosa Santa María del Fiore, que jamás me cansaba de admirar, es lógico que Michelangelo se hubiera sentido herido en el orgullo. Verdaderamente parece que llegue hasta el cielo.

De todas formas, si hay algo que tengo que elogiar, es el trabajo de los profesores. Éramos casi setenta, de los cuales una gran parte se puso enferma. Se ocuparon de cuidar a todos, incluso sin haber dormido. Desde su paciencia a su organización, solamente puedo deshacerme en agradecimiento. 

Finalmente, no habría sido un viaje tan bonito sin mis amigas. Se encargaron de sacar las fotos más chulas, de elegir los mejores sitios para comer, y de convencerme para ir a este precioso viaje, porque al principio iba a perdérmelo. La verdad es que lo repetiría sin cansarme. 

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