Una generación entre los extremos: Los jóvenes y el choque de ideologías

Una generación entre los extremos: Los jóvenes y el choque de ideologías
Protesta en formas de pintada
Protesta en forma de pintada

En las calles, en las pintadas, en los colegios… Si bien los jóvenes siempre han sido más propensos a defender ideas radicales, el debate de la juventud actual hacia la época franquista lleva meses en boca de todos.

Ninguno de estos jóvenes vivieron la dictadura ni la transición pero, aún así, hablan de ella con una seguridad bastante sorprendente. Algunos reivindican figuras del pasado y todo lo que conllevaba aquellos tiempos, otros lo rechazan con la misma intensidad. Lo cierto es que, tanto de un lado como del otro, el debate ha resurgido con fuerza en un momento en el que, parece que la política ya no es un espacio de diálogo sino un choque de identidades.

Sin embargo, la radicalización no parece venir de la desinformación histórica, sino más bien del descontento general con la política actualmente y con la búsqueda de soluciones inmediatas a problemas que son más complejos de lo que aparentan. Las redes sociales han contribuido mucho en la visibilidad y la popularidad de los extremos, ya que se han convertido en altavoces de todo tipo de discursos que la gente repite y esparce por todas partes. Según encuestas y entrevistas que hemos realizado sobre 148 jóvenes, un 21,6% afirma que no votaría a ninguno de los partidos principales, diciendo por ejemplo “No hay ningún partido competente que asegure no mentir en la actualidad” lo que corrobora lo anteriormente mencionado con el descontento general. 
 
Otros, sin embargo, se muestran más conciliadores y buscan alternativas que unan en lugar de dividir. “Haría falta un partido interclasista con el que todos o casi todos estemos a gusto” sugiere un adolescente de 15 años. Esta idea convive con un compañero de curso que menciona “Ningún sistema político es perfecto, pero habría que intentar mejorarlo sin destruirlo todo”.


En el extremo derecho, algunos jóvenes miran al pasado con una mezcla de curiosidad y rebeldía, mientras que, en el otro extremo, el izquierdo, reivindican una ruptura total con lo que les suene a tradición. Ambos casos comparten un mismo impulso, la necesidad de forjar una identidad política propia en una sociedad que, a menudo, parece dudar de sí misma.

Para la mayoría de estos jóvenes el franquismo no es un recuerdo sino una narración, historias que escuchan en documentales, en las redes sociales, en los colegios o que les relatan sus abuelos, muchas veces contradictorias entre sí. La distancia temporal que hay con el pasado hace que los cuentos y los hechos se sientan con menos carga emocional y más como ideas que cada uno interpreta a su manera. Para algunos, simboliza tiempos que hay que superar definitivamente, para otros, tiempos de los que hay que recuperar ideas que creen que están perdidas. En ambos casos la historia deja de ser datos para ser banderas.

El debate también se mueve a las aulas, profesores y alumnos se encuentran con un dilema en las clases, cómo enseñar hechos del pasado sin que se conviertan en trincheras ideológicas. La educación, más que nunca, se enfrenta al reto de formar ciudadanos críticos y no seguidores fieles. Sin embargo, en muchas ocasiones, el cansancio de un sistema saturado hace que la historia se reduzca a fechas y nombres, sin dejar sitio al análisis y a la reflexión.

En las redes sociales, a parte de lo ya mencionado anteriormente, los jóvenes se topan con una plataforma en la que cualquier opinión puede ser aplaudida o criticada en cuestión de segundos. Los algoritmos premian la polémica y los mensajes que obtienen mayor atención son los de los extremos, todo esto hace que la visibilidad se confunda con la razón y la influencia con conocimiento. Las ideas más simples triunfan sobre las matizadas y las conversaciones se convierten en confrontaciones.

Lo que ocurre en España no es un caso aislado, en buena parte de Europa y América, los jóvenes han adoptado posturas más marcadas hacia los dos lados. En Francia, en Italia y en Estados Unidos por ejemplo, las nuevas generaciones tienen la sensación de que el sistema no les ofrece respuestas. El descontento es universal aunque se exprese con distintos símbolos. La polarización, en este sentido, es el reflejo de un malestar que no tiene fronteras.

El debate público es ahora una competición por ver quién tiene razón en vez de buscar entender al otro y encontrar soluciones. En los medios, los mensajes moderados pasan desapercibidos, los grises ya no llaman la atención, de esta forma, las posturas que si buscan entender al otro quedan arrinconadas. Los jóvenes crecen escuchando más eslóganes que argumentos y el resultado de esto es una política emocionalmente intensa pero intelectualmente pobre.

Tal vez la verdadera cuestión no es por qué los jóvenes están radicalizados, sino por qué sienten la necesidad de estarlo. En un tiempo donde todo parece inestable, el empleo, la vivienda, incluso la verdad, las ideas firmes resultan reconfortantes. Lo preocupante no son las ideas de cada uno, sino la falta de espacios en los que esas ideas puedan traducirse en diálogo. Recuperar la conversación, los matices y la escucha quizá sea el primer paso para construir una política que vuelva a unir en vez de dividir.


 
Una generación entre los extremos: Los jóvenes y el choque de ideologías
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