Polonaise No. 6 in A-Flat, Op.53 - “Heroic” (1842), Chopin

En un contexto en el que Polonia, su país natal, se encontraba fragmentada y bajo la ocupación de Prusia, el Imperio Austríaco y Ruso, Fryderyk Chopin compuso una de las obras más vivas que se pueda haber escuchado entre las oscuras paredes de la desesperanza. Si a esto se le añade la debilidad que le provocaba los síntomas de la tuberculosis, sin duda nadie creería que este compositor fuera capaz de encontrar la inspiración para estructurar su obra, y es que Chopin simplemente buscaba la manera de arrojar un poco de luz a la situación de la manera que mejor conocía: tocando.

Incluso si ya era sabido su empeño por evitar a toda costa las formas musicales de mayor tamaño, como pueden ser las sinfonías, era poco habitual encontrar una obra tan imponente como esta, haciendo contraste con sus más comunes obras poéticas, consideradas «amables».

La pieza comienza con un rápido ascenso cromático que marca la introducción, posteriormente dando paso al ritmo de danza polaca. A esta melodía se le suma el acompañamiento con octavas fortes, mostrando su grandiosidad al completo.

Sin embargo, el despliegue de emociones no acaba aquí. Seis arpegios introducen un carácter militar —por lo que a veces se encuentran similitudes con la Polonaise «Militaire»—, y octavas descendentes dan una sensación de profundidad, que a mi gusto, diferencian la obra de cualquier otra polaca que Chopin pudiese haber compuesto.

Aun así, la parte más dramática y triunfal es el retorno a la primera parte, la danza polaca, y su majestuosa coda. Esto es, sin lugar a duda, el cebo que nos atrapa y nos hace escuchar hasta la última nota de esta pieza.

En cuanto a la interpretación de la obra, tanto Vladimir Ashkenazy como Vladimir Horowitz han trabajado numerosas veces con Chopin, dándoles una experiencia y «firma» musical propia que se pueden considerar admirables.

Mientras que Ashkenazy presenta una forma continua, que da la sensación de llevarte consigo, Horowitz decide darle mucha más importancia a los matices y al tempo —técnica de rubato—, sorprendiéndote a lo largo de toda la pieza con pianísimos delicados y “fortísimos grandilocuentes”, por no hablar de la mano izquierda, más intensa de lo que le gustaría a muchos. No obstante, es esto mismo lo que hace que se considere a Ashkenazy un pianista mucho más “respetuoso” con cómo se compuso la obra, a diferencia de Horowitz, que moldea la partitura a su personalidad, por así decirlo.

Aunque esta pieza no tenga un gran trasfondo y se salga un poco de la línea de producción de Chopin, sin duda merece la pena darle una oportunidad y escucharla.