El tiempo, sin embargo, no vuelve
Imagínate encerrar ahora la nostalgia, los recuerdos y la tristeza en un solo espacio. Una mezcla extravagante, además, parece imposible, ¿verdad?. Te prometo que no lo es. Esos lugares que se hacen llamar residencias de ancianos son exactamente eso, una cápsula del tiempo. Los días pasan; los meses también, y mientras los de fuera nos ahogamos en nuestra ajetreada vida de ciudad, ellos permanecen allí, ajenos al mundo y a todo lo que lo rodea.
Si acaso reciben alguna visita, con suerte, esta durará poco más de una hora y terminará con un: “abuela se me hace tarde, un besito”. Soledad otra vez. Tu querido nieto volverá de nuevo a la realidad y allí se queda ella, en la dimensión paralela que acoge ese ambiente que mezcla hospital y un intento de hogar. Hablar con los compañeros también se convierte en arduo trabajo, más de la mitad de ellos no se acordarán de su existencia al día siguiente.
Claramente no es culpa de los familiares, pero tampoco de los que viven allí una vida totalmente paralela a la que era su realidad, con una sensación de abandono tan presente que parece hasta traición por parte de los que más quieren. Pero sí, están bien cuidados y con gente de su misma edad y situación, ¿que hay de malo entonces?
Solo te pido, párate un segundo. Imagínate dentro de un frasquito de cristal donde a tu alrededor hay personas desconocidas que no parecen estar receptivas ni amigables, un frasco donde por más que haya gente rodeándote, te sientes solo. Imagínate ahora que tu familia, tu gente, a la que llevas cocinando tu paella especial toda la vida, están fuera del frasco. Petas en el cristal, petas para que te saquen de allí, pero ellos, tan sumidos en sus propias ocupaciones y rutinas no escuchan tus golpes. “Mamá, este finde no vamos, estamos a tope”. Dejas de petar, y te miras la mano, sangrando. Decides parar y asumir la realidad de la soledad. La herida se cerrará, se curará y la mano volverá a estar como antes. El tiempo, sin embargo, no vuelve.