Robin Hood, el valiente internauta
Hace unos días, salió el nuevo juego para la Nintendo Tomodachi Life, el cual ganó mucha tracción en muy poco tiempo. Este boom favoreció al hecho de que ya en el propio día de su lanzamiento, estaban disponibles incontables maneras en el internet para piratearlo y no pagar dinero, compatibles para cualquier dispositivo.
Es el fenómeno del pirateo. No tengo duda de que cualquiera que esté leyendo este artículo ya ha tenido alguna instancia en la que ha recurrido a este método para ahorrarse tiempo y dinero a la hora de disfrutar de cualquier producto del internet de posesión privada. Una serie, libro, película… las posibilidades son infinitas.
Pero existe un pequeño problema: el pirateo es ilegal. Técnicamente, es un tipo de robo, sea el producto afectado tangible o no. Por lo tanto, esas barreras que nos impone el cerebro, que nos dicen “robar está mal” también se debería aplicar a esta situación… ¿no?
La realidad es otra. Todo el mundo piratea. En especial a aquellas empresas que tienen el monopolio de sus respectivos sectores, conocidos casos de explotación laboral, robo de ideas sin aviso y una colección de muchos otros problemas que se necesitan para llegar a poseer tanta cantidad de dinero. Porque, resulta que, si eliminas todos los riesgos que conlleva un robo, como el daño a la integridad física, la barrera moral en contra del robo no parece tan sustancial.
Todos estamos cansados de que nuestro dinero se destine a alimentar a las grandes máquinas de explotación. A todos nos gustaría eliminar todos los problemas que generan Disney, Amazon y demás empresas de un solo golpe. Pero no merece la pena el riesgo de tomar acción directa. Una vez que eliminas el riesgo, como ocurre con el pirateo en internet, te encuentras a millones de personas que no van a tener remordimientos cuando le quiten cinco euros de película al señor Netflix.
De cierto modo, somos todos unos Robin Hood, pero vagos y con una vida que mantener. Unos héroes que solo muestran cara cuando les ponen las cosas fáciles. Pero yo no soy quien de quejarme. Da muestra de que nuestros valores rebeldes siguen ahí. Diluidos, casi inexistentes en algunos casos, pero que salen a la luz en cuanto sale el deseo de jugar al Tomodachi Life.