Punch o la inherencia de la necesidad de afecto

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Hace unos días, el mono Punch invadió los medios de comunicación. Se trata de un mono nacido en un zoológico asiático al que su madre abandonó, y posteriormente su manada rechazó. Por ello, los cuidadores le dieron un peluche de orangután, con quien formó un vínculo emocional. 

Esto me remitió a los experimentos de los años 50 y 60 de Harry Harlow. Buscaba refutar las teorías conductistas de esa época, que sostenían que los bebés establecen vínculos afectivos con quienes satisfacen sus necesidades biológicas, independientemente del afecto físico que les ofrecieran. Lo que Harlow hizo fue separar a dos grupos de monos rhesus de sus madres. Ofreció como sustituyente al primer grupo una figura hecha de tela, pero que no proporcionaba comida, y al segundo grupo, una figura metálica, a la que no podían abrazar, pero que proporcionaba alimentos. Concluyó que las crías pasaban mucho más tiempo con la madre de tela, dado que podía ofrecerles afecto, aunque no pudiera satisfacer sus necesidades biológicas. 

Sin embargo, esta conducta no ocurre solamente en monos. El afecto, especialmente en los primeros años de vida, que es la etapa en la que se consolida el apego. Esto también lo estudiaron John Bowlby y Mary Ainsworth. Determinaron que un bebé desarrollaba un apego seguro cuando su cuidador proporcionaba contacto físico y consuelo y respondía consistentemente. Sin ese apego seguro, los bebés presentaban problemas de regulación emocional, un riesgo más elevado de problemas mentales y dificultades relacionales, e incluso alteraciones en el desarrollo cognitivo.

Todo esto quiere decir que la necesidad de afecto es inherente a nosotros. Que, a falta de ella, buscamos un sustituyente (real o de tela). Que el afecto constituye una necesidad biológica como las demás que, si no se satisface, conlleva a complicaciones tanto mentales como físicas.