Los prólogos jeroglíficos

Ya van varios libros que leí en los que el prólogo parece escrito en algún dialecto hegeliano, casi sin guardar parentesco con el propio libro. Prólogos que se alejan de introducir el libro, ofrecer contextualización, adelantar información e, incluso, proporcionar una valoración crítica verdaderamente sustancial. Se trata de prólogos que, a mi parecer, se esfuerzan enormemente por no “desmerecer” la obra a la que preceden. Sin embargo, terminan por no cumplir el que opino que debería ser su verdadero propósito.

Por ejemplo, recientemente me ocurrió leyendo Van Gogh, el suicidado por la sociedad, de Antonin Artaud. Cuando comencé a leer el prólogo, aparte de que estaba en francés, me pareció un libro de lo más complicado, que me costaría bastante entender. Esta situación, al principio, me desanimó considerablemente, pues, leído todo el prólogo, todavía no conseguía saber con certeza de lo que trataba el libro. No obstante, al empezar la obra de Artaud, vi qué poco parecido guardaba con el texto preliminar. Su ensayo lo entendí apenas sin problemas, valiéndome más la interpretación de Spinetta de la obra que el propio prólogo.

La razón de este problema, pienso yo, reside en un deseo profundo, aunque vacío, de sus autores por “estar a la altura”. Supongo que no quieren incurrir en lo que les parecen obviedades o que sus palabras suenen demasiado sencillas. Sin embargo, pienso que es preferible incluir esos aspectos que quizá a alguien con estudios literarios o históricos le parezcan evidentes, pero desconocidos por un lector que se encuentra con una obra por primera vez. El prólogo debería servir como un punto de partida de la obra, como un pequeño esbozo que prepare para entender el libro más plenamente. No es necesario escribir en él un ensayo filosófico sobre otro ensayo filosófico.