Lo de siempre, los de siempre
“Señores guardias civiles:/ aquí pasó lo de siempre./ Han muerto cuatro romanos/ y cinco cartagineses.” Decía Federico García Lorca en un poema de Romancero Gitano, hace ya casi 100 años. En esta frase, el autor quería dejar clara la perpetuidad de los conflictos entre la autoridad y los pueblos que vivían al margen del orden establecido, que estaban en desventaja y sufrían más bajas. De igual forma, recientemente, en Venezuela pasó lo de siempre: Estados Unidos intervino ilegalmente en la estructura de poder de un país latinoamericano.
Más de 30 años después del final de la Guerra Fría, el actual presidente de EE. UU. Donald Trump ha retomado la doctrina Monroe, reafirmando el poderío militar que poseen. Es decir, recordó a la población mundial que siguen llevando un gran garrote, como decía el presidente Roosevelt a principios del siglo XX. Más tarde, hace unos pocos días, volvieron a la carga. Esta vez, el gobernante estadounidense manifestó sus intenciones de anexionar Groenlandia, de forma diplomática o violenta.
La intervención contra Nicolás Maduro fue bienvenida por la gran mayoría de venezolanos dentro y fuera del país, pero algunos advirtieron que también debían esperar antes de juzgar la situación definitivamente. En el momento actual, Delcy Rodríguez, la siguiente al mando después del anterior presidente, gobierna la nación. ¿Se puede celebrar la caída de un dictador, si su sucesión está en la misma línea?
Además, no podemos olvidar que Estados Unidos no ha respetado el Derecho Internacional, por lo que, en teoría, deberían ser juzgados y castigados. La práctica es distinta: primero, ningún país quiere correr el riesgo de enemistarse con una potencia mundial de ese tamaño, y, aún por encima, Estados Unidos es uno de los pocos países que cuentan con el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, que es el organismo internacional que suele sancionar en estos casos.
Con esto, se entiende que es muy difícil penalizar a una potencia hegemónica si no obedece la ley. Aún así, la situación es muy distinta con Groenlandia que con Venezuela. Nunca está del todo mal apartar a un oligarca del poder, sin que ningún país tenga la obligación de intervenir. Por otro lado, con Dinamarca, país europeo y miembro de la OTAN en este caso, tiene más problemas. Por ejemplo, es muy difícil justificar la amenaza a la soberanía de un país por una razón fútil. También está la obligación de la OTAN de intervenir militarmente en caso de ataque a uno de sus países miembros.
A partir de ahora, hay varios caminos que puede seguir el futuro. En el primero, tras amenazar con su poderoso ejército, Donald Trump ofrece la paz, a cambio de adquirir la isla más grande del mundo. Otra posibilidad, menos probable, es la intervención militar estadounidense, ante la cual, lo más probable sería que la OTAN se disuelva, con tal de no enfrentarse a una potencia hegemónica. ¿Quién sabe? Tal vez todo quede en una simple amenaza más.