4 estrellas sobre 5

Traidor en el infierno (1953)

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En 1953, Billy Wilder dirige su tercer gran éxito, al que bautiza como “Stalag 17” (En España: “Traidor en el infierno”). Convierte una premisa tan simple y universal como un traidor entre un grupo de soldados en un auténtico misterio con giros inesperados de guión que llega a recordar a “Doce hombres sin piedad” (Sidney Lumet, 1957), no sin la loca comedia que caracteriza a Wilder.

Cuenta con un elenco poco destacado, pero que consigue sacar una sonrisa, si no una carcajada, con todas sus bromas y tonterías. La dupla formada por Animal y Harry Shapiro (interpretados por Robert Strauss y Harvey Lembeck, respectivamente) son los principales responsables de hacer reír al espectador con sus locuras y los remates de las bromas, algo recurrente en el cine de Wilder, que, en mi opinión, alcanzaría su máximo esplendor con los personajes interpretados por Jack Lemmon.

William Holden se gana a pulso el Óscar a mejor actor con su interpretación de un sargento, primer sospechoso de traición en el barracón. Es el americano ideal de aquel entonces: inteligente, atractivo, no habla más de lo estrictamente necesario mientras fuma los puros que ganó gracias a su querida propiedad privada y cavila silenciosamente mientras sus simples compañeros se divierten.