Martín (Hache) (1997)

Existe una delgada línea entre lo que impresiona por su fuerza artística y lo cursi. Los parámetros sobre los que se analiza si una obra pertenece a un lado u otro son completamente subjetivos, lo que hace difícil su estudio. Aun así, pienso que, generalmente, se tiende a clasificar las piezas artísticas en un extremo u otro: en excelentes o pretenciosas, en blanco o negro.

En esta escala, Martín (Hache) es, para mí, un inusual gris; quiero decir que contiene un número parecido de detalles de un lado y del otro. Contiene frases fascinantes, que incluso sacadas de contexto destacan, así como intentos mediocres de oraciones de este tipo.

El recientemente fallecido director Adolfo Aristarain nos ofrece una película muy personal sobre una gran cantidad de temas trascendentales, como las relaciones intrafamiliares, las drogas, la libertad, el amor y el apego, entre otros, sobre los que, en ocasiones, tiene detalles novedosos que aportar.

El personaje en el que más se refleja la zona gris entre lo cursi y lo original es Dante, interpretado por el gran Eusebio Poncela. A través de este hombre ya algo mayor, con gran sabiduría, pero que se viste como un adolescente contracultural y también vive como uno, se puede observar esa dualidad entre lo cursi y lo original.

En fin, escribiendo este artículo me he dado cuenta de que hay demasiados detalles sobre esta película que me gustaría nombrar y explicar, pero una reseña no da para tanto. Por ello, me gustaría que, por lo menos, el lector se quedara con lo esencial: que este largometraje, pese a tener numerosos fallos, también tiene características verdaderamente novedosas, que lo convierten en una película extraordinaria y que merece la pena ver.