Fe y medicina: Una compleja relación
¿Qué pensamos cuando escuchamos la palabra “religión”? Normalmente, este concepto suele evocar en el imaginario colectivo la idea del culto a una divinidad, la creencia centrada en un Dios. Si miramos en nuestros diccionarios, nos encontramos con que esta palabra se la describe como un “conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad (…), de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”.
Sin embargo, esta definición puede resultar limitada. En este sentido, la religión no es únicamente una cuestión de fe trascendental, sino también un marco ético profundamente arraigado en la identidad de las personas. Y es precisamente en este punto donde se cruza con otro de los grandes y más poderosos impulsores de la sociedad: la ciencia, en concreto, la medicina.
Ambas disciplinas comparten similitudes y, asimismo, muchas diferencias. Mientras que los profesionales de la salud se basan en datos científicos para sustentar su creencia en la ciencia, la religión establece una relación con una divinidad a través de la fe, la tradición y la interpretación moral. Esta dualidad ha dado lugar a una relación compleja, que podría describirse como una “amienemistad”, muy parecida a la correspondencia entre hermanos: aliados en algunos momentos, pero en conflicto en otros.
A lo largo de los diez últimos años, numerosos estudios han señalado que la espiritualidad puede desempeñar un papel positivo en la salud mental y emocional de los pacientes, en concreto aquellos con cáncer. Algunos de estos se vieron sintetizados en un artículo científico de Nagy et al., donde la práctica religiosa es destacada como un papel fundamental en la atención oncológica, mejorando en el bienestar y la calidad de vida, a la vez que alivia síntomas como el dolor neuropático, la depresión y la ansiedad.
No obstante, esta relación armónica no siempre se mantiene. A pesar de sus múltiples beneficios, religión y medicina entran en conflicto cuando las creencias interfieren en tratamientos basados en datos objetivos, haciendo que emerja su faceta más problemática.
Uno de los ejemplos más conocidos hoy en día son los Testigos de Jehová. Este grupo religioso rechaza completamente cualquier transfusión de sangre, incluso en un estado médico crítico, o cuando su vida depende de ello, destacando un caso analizado por el Doctor en Derecho Brian Thomas. Es pertinente señalar que, para estos creyentes, aceptar sangre es incompatible con su interpretación de las escrituras, ya que se considera que “el alma de toda clase de carne es su sangre”. Brian Thomas, J.D., sintetiza un caso de un paciente de 54 años, Testigo de Jehová, con niveles de Hgb1 9,5. Tras varias complicaciones en el intento de hacerle una EGD2 (entre ellas, hipotensión y aumento de la frecuencia cardíaca) y la administración de 5 unidades de Hemopure3 para aumentar la Hgb (en ese momento, en 3,5), el paciente falleció tras una parada cardíaca.
Desde el punto de vista médico, respetar la autonomía del paciente puede plantear un dilema ético. Aunque la ley española protege esta decisión como parte del derecho a la autonomía, cuando se trata de menores de edad, en concreto aquellos cuyos padres se niegan a un tratamiento médico, un juez o el propio médico en casos urgentes, debe decidir, en el caso en el que la vida de su paciente esté en peligro.
Uno de los casos disponibles de negligencia médica basada en la fe es el de Arrian Jade Granden, una adolescente de 15 años de Idaho que murió de una hemorragia gastrointestinal y una ruptura del esófago, debido a la falta de atención médica. Sus padres pertenecían a la Iglesia de Seguidores de Cristo, una agrupación que cree en la oración y ritual como única cura a la enfermedad.
Al igual que los motivos religiosos pueden determinar si un paciente sobrevivirá, lo mismo sucede con cuando este desea su muerte asistida, como el reciente caso de Noelia Castillo, una joven barcelonesa de 25 años, que tras sufrir una difícil infancia y varios casos de abusos sexuales, trató suicidarse en 2022, hecho que la dejó parapléjica. En 2024, solicitó la eutanasia a la CGAC4, sin embargo, su padre, junto a la organización de Abogados Cristianos, un grupo ultracatólico, intentó impedir su muerte voluntaria, iniciando un proceso cuya duración se alargó dos años, hasta el fallecimiento de Castillo el 26 de marzo de 2026. Teniendo en cuenta la corta duración de la Ley de Eutanasia, la cual entró en vigor en junio de 2021, era de esperar que los límites sobre quién puede estar legitimado a presentar la derogación de una eutanasia ya aceptada, en concreto terceros vinculados a creencias religiosas, permanecieran borrosos, no obstante, la implicación de su padre y la agrupación ultracatólica no hizo más que alargar un periodo de sufrimiento para Noelia.
Otro caso relevante es el movimiento antivacunas. En Estados Unidos, desde 1990 se han producido tres mayores brotes de sarampión que comenzaron entre objetores religiosos de la inmunización. Mientras que el brote Amish de 2014 se limitó a 383 casos en la comunidad cristiana Amish, un brote de 1994 de 247 casos se extendió desde un joven de Christian Science a siete estados, una escuela y universidad para científicos cristianos, y el St. Escuelas públicas de Louis. Como señala el académico James Cate, el principal motivo de las bajas tasas de vacunación entre el grupo etnorreligioso de los Amish, se debe a una suposición fatalista de que el Señor les proporcionará y nunca les dará más de lo que puedan manejar.
No obstante, estos sucesos nos hacen plantearnos una serie de preguntas, que ya por sí mismas se responden: ¿en qué punto se establecen los límites de la vacunación obligatoria en menores? ¿Deberíamos permitir que el resto de la población se exponga a los riesgos y consecuencias de lo que, en un futuro, podría considerarse una negligencia médica? Y la más relevante de todos ellas: ¿esta práctica de antivacunación podría llevarnos al resurgimiento o reaparición de enfermedades consideradas parcialmente, dependiendo de la geografía, “extintas”, como pueden ser el sarampión o la rubéola?
Si bien se ha analizado el papel de la religión en los pacientes, el impacto de las creencias en los profesionales sanitarios es un aspecto igualmente relevante. Los médicos son sujetos sesgados que poseen valores y creencias que pueden influir, consciente o inconscientemente, en su práctica clínica.
Uno de los ámbitos más controvertidos es el de la objeción de conciencia. En temas como el aborto, la eutanasia o la sedación paliativa, algunos profesionales retienen información, como documenta un estudio de Journal of Medical Ethics llevado a cabo por la Universidad de Londres, centrado en tratamientos paliativos, siendo los médicos muy creyentes quienes tenían menos probabilidades de discutir sobre todas las opciones de procedimientos.
Otro ejemplo común recae en el ámbito del aborto, documentándose casos en los que el tratamiento médico-paciente se ve influido por creencias religiosas, ya bien sea retrasando deliberadamente el procedimiento, o en casos extremos, negándose complemetamente la atención al paciente, en cuanto a la aborción. Cuando Savita Halappanavar murió en 2012 en Irlanda después de que se le negara un aborto legal que le salvara la vida, el esposo de Savita y sus padres obtuvieron acuerdos financieros del hospital y el médico responsable por su muerte injusta; no obstante, ningún profesional sanitario fue acusado penalmente por la negligencia médica en el caso de Savita, y todos conservaron su licencia.
Estas prácticas plantean interrogantes éticos fundamentales: ¿hasta qué punto puede un médico actuar según sus creencias personales? ¿Dónde se encuentra el límite entre la libertad de conciencia y la responsabilidad profesional?
Son muchas y muy complejas las situaciones en las que se encuentran en una posición opuesta la medicina y la religión. A menudo la intersección entre estos campos obliga a preguntarse una serie de cuestiones éticas, entre lo que es legalmente correcto y lo que nuestra moral nos lleva a hacer, o en otras palabras, lo que creemos mejor junto a lo que se permite.
Y es que el verdadero reto no está en eliminar las creencias, sino en ponerles límites claros a su influencia. No se trata de rechazar completamente la religión, sino de analizar sus implicaciones. Las creencias pueden servir de guía, pero es importante preguntarse si deberían condicionar elecciones que puedan poner en riesgo la salud de un paciente.